El mundo como botín

“El día de San Valentín de 1929, la tropa de Al Capone salió con sus ametralladoras, seis miembros de una banda rival quedaron en el camino. La ejecución levantó más polvo que otras anteriores, porque revelaba su debilidad. Cuando el jefe de una banda tiene que emplear tanta munición para salirse con la suya, es porque ya no goza de respeto.

Cuatro años más tarde, en 1933, la prohibición fue derogada. Con ello terminaba la época heroica de las bandas y ya no hacía falta ser un héroe para convertirse en gángster. Ahora solo había bandas, y el conjunto de estas bandas es lo que hoy llamamos pluralismo. Con ello se quiere decir que la sociedad se divide en grupos que no obedecen a ninguna lógica. La lógica significa que el todo tiene que articularse en una serie de elementos para poder existir como un todo. Los proletarios y los capitalistas se necesitaban mútuamente, ya que los unos no podían existir sin los otros.

Por el contrario, el sindicato de transportes, el lobby de operadores de cine, los negros y los blancos, los protestantes y los católicos, democristianos y socialistas, neerlandófonos y francófonos se comportan como hutus y tutsis. Pueden prescindir unos de otros, no se necesitan. En relación con el todo, estos grupos son aleatorios y superfluos, surgen y se descomponen. La única razón de su existencia es la voluntad de los individuos de llevarse un buen tajo al repartir el botín. Siempre se trata de cargos, prebendas, poder.

La fórmula de la gran tarta a repartir revela una transformación de la conciencia. Incluso aquello que uno ha producido aparece hoy como un bien robado. Como el mundo es considerado un botín, la gente se organiza en bandas. Y como todos lo hacen, se desdibujan las distinciones entre influencia, coacción y violencia manifiesta. En consecuencia, los estrechos vínculos entre negocio, política y mafia son normales y lógicos: distinguir entre estos sectores exigiría demasiado esfuerzo, perspicacia y sutileza”

(Brothers in crime)

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State of the art

“Nos preparamos para el derrumbamiento del orden público, puesto que no hay enemigos que persigan objetivos declarados. Los adversarios organizados del terror del consumo han desaparecido, al igual que los funcionarios comprometidos políticamente. Donde antes se sentaban quienes ponían a prueba el credo político hoy se sientan los delegados de la comisión anticorrupción. Si se llega al combate, ya nadie lucha por la libertad o por el socialismo. Todos luchan contra todos, cada uno lucha por sí mismo”

(W. Pohrt, Brothers in crime)

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